Sábado 2 de Diciembre de 2006
Pasiones griegas
No se puede negar el oficio de Roberto Ampuero. El problema es que el aquí el autor se acerca peligrosamente al abismo de la cursilería.
Rodrigo Pinto
En la década de los 90, Roberto Ampuero se sumó a la ola de la nueva narrativa en su vertiente policial, a través del detective Cayetano Brulé. De la mano de este personaje publicó varias novelas interesantes como aporte a un género relativamente poco cultivado en Chile. Con Los amantes de Estocolmo (2003) quiso cambiar el registro, aunque todavía Brulé no había agotado su marcha. Pasiones griegas es su segunda novela sin el detective, y se trata, básicamente, de una indagación en los terrenos de la pareja, la vida sexual, los amores y las determinaciones de la historia familiar sobre ellos.
No se puede negar el oficio de un escritor como Ampuero, que logra darle al menos continuidad a sus historias. El problema es que el género policial es menos exigente (aunque existan verdaderos maestros como Dashiell Hammett) y los adjetivos se miden con cuentagotas. Aquí, en cambio, el autor tiene que extremar sus recursos y, con ello, se acerca peligrosamente al abismo de la cursilería: "en cuyo cuerpo el tiempo aún no esculpía sus inclemencias"; "dulce como las mujeres de antaño". Vale con estos ejemplos para mostrar el estilo del relato, que se debate entre la búsqueda existencial y la nostalgia de la juventud, más episodios eróticos tan cruzados de metáforas y frases hechas que hay que convencerse de que hay cuerpos en movimiento. Todo ello, mientras el protagonista, Bruno Garza, sigue los pasos de su mujer, Fabiana, que lo ha abandonado. El punto de llegada es el remoto pueblo de Keratokambos, en la costa sur de Creta, donde la trama existencial abre paso al melodrama. El autor echa mano a dos recursos más para agregarle complejidad al texto: un relato autobiográfico de Fabiana y una deslavada trama policial, centrada en una ex alumna y ex amante de Garza que ha desaparecido en Suecia, pretexto para poner en escena a un detective lleno de la sabiduría de quien se entiende a diario con la muerte. Ni uno ni otro son suficientes para levantar esta novela de su medianía implacable.
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